La noche del 22 de enero de 1932 miles de campesinos indígenas en la
miseria formaron parte de un levantamiento indígena dirigida por Agustín Martí
y apoyada por el partido comunista de El Salvador. La escala de la represión
del gobierno al fallar la rebelión no tenía precedente alguno en la historia
del país; el ejército, la policía, la guardia nacional y las fuerzas privadas
de los propietarios de hacienda emprendieron una masacre durante una semana
entera, los líderes de la insurrección fueron capturados y ejecutados por la
escuadrilla. Durante la matanza cualquier persona vestida con ropas indígenas o
cualquier sospechoso de estar asociado a la rebelión eran fusilados, en algunos
casos, aldeas enteras desaparecieron, aunque la cifras de muertos no son
exactas se estiman que fueron entre 10,000 y 30,000 personas asesinadas, aunque
la dictadura insistió que solamente fueron 2,000 los asesinados. Este
acontecimiento fue motivo para que los diferentes escritores tomaran conciencia
social y trataran este tipo de problemas en sus creaciones literarias; allí
nació Cuentos de Barro, en un régimen militar represivo donde toda clase de
protesta es censurada, pero debido a su lenguaje popular pasa desapercibida
entre tanta censura.
Cuentos De Barro es una puerta hacia el pasado que lleva a conocer como
se vivió en la zona rural en aquellos tiempos, dándole protagonismo al indígena
en una época donde estar siquiera relacionado étnicamente era suficiente para
ser desaparecido por el gobierno. Jugando entre un lenguaje culto y regionalismos
y por medio de la cotidianeidad del campo, Salarrué toca temas tabúes de manera
casi desapercibida.
En La Petaca, se habla de la violación de la peche María por parte del
curandero que se suponía que debía quitarle la joroba, del trato abusivo por
parte de su propia familia al tenerla como moza y de la ignorancia de María al
no percatarse de ser víctima de abuso sexual y la ignorancia de su familia al
no percatarse de su embarazo.
En La Honra, se habla de la violación que sufrió Juana, una
preadolescente que fue violada por un hombre joven y rico, y cuando decidió
contarle a su padre del abuso fue golpeada debido a la pérdida de su virginidad
debido a la forma de ver a las mujeres en esa época, donde la virginidad era lo
que definía su valor. Se habla también de la inocencia del hermano de Juana,
pues ingenuamente va a buscar al riachuelo “la honra” de su hermana como si de
algo material se tratase, y descubre la daga con la cual su hermana se suicidó.
En estos cuentos se habla del abuso sexual que queda impune, de las
secuelas para los supervivientes, del estigma de ser violado, de la
desinformación e ignorancia de la sexualidad y del abuso doméstico. Es
preocupante ver cómo décadas después esto sigue siendo un problema para nuestra
sociedad: aún se sigue culpabilizando a las víctimas de abuso sexual mientras
que el abusador queda sin ninguna consecuencia, aún hay gente que abusa de su
poder y posición para aprovecharse de otros; aún hay gente que cree que el
valor de la mujer es definido por lo que trae en medio de sus piernas, aún
tenemos mucha gente desinformada de sus cuerpos y de su sexualidad, y aún
tenemos problemas de violencia doméstica.
Este libro debería ser leído no sólo como una ventana para valorizar
nuestro pasado indígena, sino también para percatarnos que muchas de las cosas
que fueron descritas, ficticias o no, siguen sucediendo en pleno siglo XXI.
Debemos cambiar de mentalidad para poder avanzar como civilización, hasta
entonces, seguiremos cometiendo una y otra vez los mismos errores.
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